miércoles, 19 de mayo de 2010

adultez media

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Adulto medio: “A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida”

http://www.sld.cu/saludvida/psicologia/temas.php?idv=14079

Autor: Dr. Miguel A. Roca

Los estudios del ciclo vital se han centrado tradicionalmente en la niñez, la adolescencia y la juventud, y mucho más recientemente en la llamada tercera edad o “adulto mayor”, para referirse a los estadios más avanzados de la vida y la cercanía a la senectud. Sin embargo, el período de la adultez, en su más amplia acepción y sus diferentes etapas, ha sido siempre ignorado a pesar de ser particularmente productivo, y representar una de las más complejas “crisis normativas” de la existencia humana.

Un alto en el camino
¿Qué ocurre en lo físico?
¿Y qué pasa desde lo social?
En la familia y el trabajo
Ajustar la vida

Un alto en el camino

La adultez es extraordinariamente compleja, de una aparente y excepcional mezcla de juventud y experiencia; un período crítico, de balances y replanteamientos existenciales. Al cumplir los cincuenta años, simbólicamente el punto que marca el medio siglo de existencia o la “mitad de la vida”, los seres humanos, aunque más –y más intensamente– los hombres que las mujeres por su tendencia a la competitividad social y a hacer depender en gran medida el valor de su “ego” de sus logros en esta esfera, tienen con frecuencia una marcada crisis existencial: acaban de vivir “la mitad de su vida” y empiezan a vivir la próxima. Pero mitades se refiere a “dos”, ya pasó una, queda ahora la siguiente, ¡que es la última!

Parafraseando entonces al poeta cantor, a partir de mañana la persona está ante una importante disyuntiva: comenzar a vivir la mitad de su vida… o morirse poco a poco antes de tiempo.

¿Qué ocurre en lo físico?

Aun cuando se esté en óptimas condiciones físicas, desde lo sensorial, el natural e inevitable proceso de envejecimiento comienza a evidenciar su presencia: ya hace unos años con la puntual presbicia se ha perdido agudeza visual obligando al permanente uso de espejuelos; muchas veces la pérdida es también auditiva y la persona tiene que esforzarse con movimientos de cabeza que privilegien el “oído bueno” para escuchar con claridad; los cabellos canean ¡o desaparecen!; la piel pierde lozanía y surgen algunos indicadores de pérdida de masa muscular reemplazada con ¡grasas!; las energías disminuyen y la persona se agota con más facilidad; los procesos metabólicos se tornan mucho más lentos, sobre todo la digestión, y ya no se puede comer tanto, ni “de todo”, ni a altas horas de la noche sin el riesgo de la acidez, la gastritis u otro achaque; los procesos endocrinos también flaquean: con la menopausia cesa la función reproductora femenina y muchas veces son requeridas hormonas de reemplazo; el hombre no escapa y con la presencia de la polémica andropausia, pueden empezar a decrecer los niveles de producción de testosterona y con ello impactar la vitalidad y el funcionamiento sexual si se prescinde de ayuda profesional. ¡Demoledor si lo dejo aquí! Pero es también el período de mayor experiencia, en que se aprende que tal vez el asunto no solo radique en vivir, sino en vivir mejor y saber hacerlo, lo que conduce a cambios en el estilo de vida, y de control de la propia existencia que permiten una vitalidad altamente satisfactoria, cuando la persona se centra no en lo que no tuvo, sino en lo que sí tiene y lo que todavía puede alcanzar.

Por ello, hay que conservar un organismo sano, si previamente se cultivó y no se malgastó la salud y la abundante energía de los años mozos. ¡Lo que no equivale –todo lo contrario– a haber prescindido del disfrute de aquellos momentos de vigor! Porque hay muchas formas de irrumpir en los estadios más avanzados de la vida –y observe que no dije “envejecer”–, porque las personas no solo nos adentramos en nuestros tiempos, sino que en cierto grado somos también responsables de cómo lo hacemos según hemos vivido y cómo decidimos y fuimos capaces de enfrentar en la vida tanto lo que nos tocó como lo que nos buscamos. Apelando nuevamente al costumbrismo popular hay quien se cuida como “gallo fino” y ostenta una imagen y vitalidad impresionantes aun en edades avanzadas, en tanto otros parece que los han “rodado ponchados” y devienen verdaderos ancianos cuando todavía no es el tiempo de serlo.

¿Y qué pasa desde lo social?

Aparecen los “puntos de referencia”, pues los amigos han envejecido: el rostro de aquella muchacha, la más linda de la universidad, tiene tantas arrugas que es difícil identificar que allí hubiese existido tanta belleza; el “socio” más fuerte y gallardo del “pre” es un mofletudo que pesa más de 220 libras y que se agota hasta la taquicardia con solo caminar unas pocas cuadras. ¿Y la muerte? La vulnerabilidad ante este hecho ha dejado de ser una probabilidad remota y casi imposible para convertirse en una cercana y tangible realidad cuando se conoce del fallecimiento de algún que otro congénere. Pero existe igualmente otro lado del asunto: la que fuera aquella muchacha tal vez no tan hermosa es hoy una “cincuentona” de una prestancia que ¡ya quisieran muchas de 20!; vemos al otro “socio” que parece dormir en formol y conserva casi la misma frescura de más de 30 años atrás, y está aquel, que casi se muere de una traidora y agresiva enfermedad prematura o de un inesperado accidente, pero que decidió luchar ¡y vivir!, que te dice con una sonrisa: “compadre ya yo estoy prestado aquí, ¡pero qué bueno estar!”

En la familia y el trabajo

Desde lo familiar es frecuente que la persona en sus cincuenta se sienta incluso “abusado y explotado” por sus seres queridos, atrapado más que nunca en la incómoda posición “sándwich”, presionado por las demandas de sus mayores ya decadentes, pero aún exigentes y fuertes, así como por sus “menores” que crecen, se independizan o sencillamente son también más demandantes y reclaman su dosis de “poder”.

Desde lo laboral las demandas no son menos: las nuevas generaciones buscan su espacio, traen ideas nuevas y frescas, cuestionan todo lo que se les pueda oponer, acusándolo de “viejo” u “obsoleto”. Pero tampoco nos equivoquemos: a pesar de sentirse el desafío o las “amenazas”, para las personas “cincuentonas” seguras y con una posición constructiva y de crecimiento humano es también el saberse el “cacique”, de quien difícilmente se pueda prescindir tanto en el hogar como en el trabajo, lo que fortalece sus sentimientos de identidad.

Ajustar la vida

Porque está claro que la adultez es un período de “turbulencias”, un momento de profundo balance entre lo que se ha logrado y lo que no se ha logrado, lo que aún puede alcanzarse y lo que parece inatrapable. Es, por lo general, ocasión de lamentarse por lo que no se hizo, pero también de empezar a “recoger frutos”. Puede entonces ser un doloroso, a la par que necesario, proceso existencial de tracking o de “ajustar la brújula” y saber hacia dónde se va de aquí en lo adelante, con la firme creencia optimista, aunque no ingenua, de que no se trata de un “preparar el final” sino de un seguir escribiendo nuevos y alentadores capítulos en el guión de la propia existencia, hasta su conclusión, sabedores de que lo hecho hasta aquí ha tenido sentido y que si la vida diera la oportunidad, se haría exactamente igual otra vez.

No ver la vida así puede propiciar que se desmorone fácilmente casi todo en lo que se creyó hasta aquí para convertirse en un triste autocompadecerse con la conocida expresión de “¡mi vida ha sido una porquería y una gran mentira!”, experiencia que lastra y arruina a muchas personas al arribar a este turbulento estadio. Ello puede resultar particularmente peligroso cuando están ausentes o son escasas la madurez y la responsabilidad, pues en un desesperado intento de resignificación existencial la persona emprende torpes caminos que pueden ser el resultado de crueles espejismos y “desmontar” así todo lo que plantó hasta entonces, como familia y profesión, tal vez no tan “desastrosamente” como autopunitivamente pueda decirse a sí mismo. Nunca es tarde o ilegítimo replantearse la existencia, pero siempre que ello lleve una sensata dosis de lucidez y responsabilidad.

Tan compleja situación puede conducir a la persona “en la mitad de la vida” a intensas reacciones emocionales negativas como la depresión, la ansiedad o la cólera, con sus desagradables consecuencias para el organismo; a crisis de sentido existencial que significan una severa agresión a la autoestima y la identidad personal e incluso, a generar dudas e inseguridades nunca antes sentidas sobre las competencias personales.

Aquí es cuando cobran sentido las palabras del poeta y toca a la persona decidir “si sí” o “si no” comienza a partir de mañana a vivir la mitad de su vida. Adentrarse en los estadios avanzados de la vida es un proceso natural que nadie puede escoger, pero lo que sí se puede escoger es cómo se hace. En la mitad de la vida, cuando se ha trabajado en ello –¡tampoco es gratis!–, el mundo se mira desde la cumbre, sobran recursos para no temer el “camino de regreso” sin por ello dejar de seguir viviendo e incluso creciendo. Abundan las experiencias vitales de personas muchos mayores que así lo demuestran.

Palabras clave: adultez, autoestima, ciclo vital, estilo de vida

Edición: Magaly Silva

 


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